Los riesgos climáticos ya no son un escenario teórico; se manifiestan como eventos extremos, estrés hídrico, daños en infraestructura y disrupciones logísticas. El desafío no es solo identificarlos, sino traducirlos en impacto económico para priorizar medidas.
Una evaluación robusta combina escenarios climáticos (cambios en precipitaciones, temperatura, eventos extremos) con análisis de exposición y vulnerabilidad de los componentes críticos del proyecto: caminos, líneas eléctricas, campamentos, plantas de proceso, fuentes de agua, comunidades vecinas. El resultado no debería ser únicamente un mapa de calor, sino una lista priorizada de riesgos con estimaciones de frecuencia y severidad.
El siguiente paso es llevar esos riesgos al lenguaje del Directorio: ¿cuántos días de operación están potencialmente en juego? ¿Qué impactos económicos puede tener la interrupción de una ruta clave o la pérdida temporal de una fuente de agua? Integrar esos resultados en el risk register corporativo y en los modelos de NPV permite comparar medidas de adaptación con criterios costo–beneficio: reforzar infraestructuras, diversificar accesos, invertir en protección de cuencas, ajustar diseños de drenaje, entre otros.
Cuando el riesgo climático se expresa en términos de valor en riesgo del proyecto, la discusión deja de ser si “creemos o no” en las proyecciones climáticas y se convierte en una conversación pragmática sobre cuánto estamos dispuestos a invertir para proteger la continuidad del negocio.
En ESG Consulting S.A.S. trabajamos con compañías mineras que quieren estar a la vanguardia de la sostenibilidad, transformando marcos ESG y estándares internacionales en decisiones técnicas, indicadores y planes de acción concretos que se integran al negocio, reducen riesgos y fortalecen la competitividad a largo plazo.
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