El debate público sobre minería en Argentina suele plantearse como si todo estuviera por definirse: si puede ser sustentable, si alguien la controla, si las buenas prácticas son promesas o realidades. Lo que casi nunca aparece en esa conversación es un dato concreto: la mayor parte de la minería argentina en producción ya se mide, todos los años, bajo un mismo estándar internacional con verificación externa. Se llama Hacia una Minería Sustentable (HMS), la adaptación local del programa canadiense Towards Sustainable Mining (TSM).
Quien firma esto no lo conoce por los folletos. Nuestro equipo participó en la implementación de los protocolos TSM dentro de una operación minera en producción, protocolo por protocolo, indicador por indicador. Esa experiencia deja una conclusión que vale la pena compartir: el valor del estándar no está en el logo, está en la disciplina de evidencia que obliga a construir.
Qué es HMS/TSM, en una definición honesta
TSM nació en 2004, creado por la Asociación Minera de Canadá (MAC), como respuesta a una crisis de confianza de la industria. Su lógica es distinta a la de una certificación tradicional: no evalúa a la empresa en abstracto, evalúa a cada instalación (cada mina, cada planta) contra protocolos de desempeño concretos, con resultados públicos.
Argentina fue el primer país de Latinoamérica en adoptarlo: CAEM adhirió en 2016 y lo rebautizó HMS. Hoy alcanza a 18 de los principales proyectos del país, aproximadamente el 90% de la minería en producción. Y el estándar está en plena expansión: Colombia lo estableció a través de su cámara minera, México comenzó su implementación este año, y lo aplican también países tan distintos como Finlandia, Noruega, Brasil, Botsuana y Australia.
Cómo funciona de verdad, visto desde adentro
Los protocolos cubren los temas donde la minería se juega su licencia para operar: manejo de relaves, responsabilidad hídrica, biodiversidad, relacionamiento con comunidades y pueblos originarios, seguridad y salud, gestión de crisis, cierre de mina, y cambio climático.
Cada protocolo se descompone en indicadores, y cada indicador se califica en una escala de cinco niveles: C, B, A, AA y AAA. El nivel C significa que no hay sistema o es informal; el nivel A implica sistemas implementados y funcionando; AA y AAA agregan integración a la decisión del negocio y excelencia verificada. La instalación se autoevalúa cada año y esa autoevaluación se somete periódicamente a verificación externa independiente.
Lo que no se ve desde afuera es lo que ese esquema exige puertas adentro. Cada calificación debe sostenerse con evidencia documental específica: políticas emitidas y comunicadas, registros de monitoreo, informes con frecuencia definida, capacitaciones con constancia, responsables con nombre y cargo, planes de acción con plazos. Un indicador sin evidencia trazable no es un indicador cumplido, por más que la práctica exista. En ese sentido, TSM es menos un sello y más un sistema de gestión de evidencia: obliga a que las buenas prácticas dejen registro, y a que el registro esté donde alguien pueda auditarlo.
Hay un detalle de diseño que habla bien del estándar: si en una instalación ocurrió un accidente fatal durante el año reportado, esa instalación no puede calificar en nivel A o superior en seguridad y salud, tenga los papeles que tenga. El desempeño real pone techo al desempeño documental.
El estándar no se quedó quieto
Un punto que muchas operaciones pasan por alto: TSM se actualiza. El ejemplo más claro es el protocolo de uso energético y emisiones de GEI, que en 2021 fue reemplazado por un Protocolo de Cambio Climático más exigente, que incorpora gestión de riesgos físicos y de transición, adaptación y fijación de metas. Una operación que implementó TSM hace cinco o seis años y no revisó sus matrices está midiéndose contra una vara que ya no existe.
Esto tiene una consecuencia práctica: en HMS no se «llega» nunca. Hay un ciclo permanente de autoevaluación, brechas, plan de acción y verificación, y ese ciclo hoy incluye temas (clima, relaves post GISTM, equidad) que hace unos años ni figuraban.
Por qué esto importa ahora en el NOA
La nueva camada de proyectos de litio y cobre que está entrando en construcción y producción en la Puna y en los Andes enfrenta un escenario distinto al de la generación anterior: financiadores que piden estándares verificables, comunidades con más información, y un debate público (agua, glaciares, ambiente) que se intensificó en las últimas semanas.
HMS toca exactamente los temas de ese debate: agua, biodiversidad, comunidades, cierre. Para un proyecto nuevo, implementarlo desde el diseño es mucho más barato que reconstruir evidencia hacia atrás. Para una operación que ya reporta, la diferencia entre un nivel B y un nivel A no es cosmética: es la diferencia entre decir que se gestiona y poder demostrarlo ante un verificador, un banco o una audiencia pública.
Y conviene decirlo con la neutralidad que corresponde: HMS no convierte a una mina en buena o mala, ni reemplaza a la autoridad ambiental. Es un instrumento de gestión y transparencia. Lo que sí hace es volver comparable y auditable aquello que antes quedaba en el terreno de las declaraciones.
Qué se puede hacer hoy
Para una operación o proyecto que mira HMS, el camino tiene etapas conocidas: un diagnóstico de brechas contra los protocolos vigentes (no los de hace cinco años), la construcción de la matriz de evidencia por indicador, la preparación de la autoevaluación y el acompañamiento hacia la verificación externa.
En ESG Consulting conocemos ese recorrido desde los dos lados: lo implementamos puertas adentro en operación y hoy lo acompañamos como consultores, integrándolo con los marcos que ya trabajamos con nuestros clientes (ISO 14001, GRI, NIIF S1 y S2, GISTM). Si tu proyecto está evaluando HMS, o lo implementó hace años y necesita actualizar sus matrices a los protocolos vigentes, podemos ayudarte a estructurarlo.